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A ojos de muchos Red Bull era una especie de secta y Dietrich Mateschitz su gurú. Red Bull era Mateschitz y viceversa. Y lo más curioso es que la bebida energética que le hizo rico ni siquiera fue invención suya.

Dietrich Mateschitz, el fundador y propietario de la marca de bebidas energéticas Red Bull, fallecía este domingo a los 78 años. Mateschitz, que consumía al parecer hasta 12 latas de Red Bull al día, era un hombre extraordinariamente celoso de su privacidad, que guardaba obstinadamente bajo llave. Sin embargo, cuando de su propia marca se trataba, al bueno de Mateschitz ninguna campaña de marketing le parecía suficientemente arriesgada con tal de estar en boca de todos.

Tan obsesionado estaba el dueño de Red Bull con salvaguardar su propia esfera íntima que en una ocasión llegó a amenazar a un periodista que había visitado a su madre con el ánimo de sonsacarle información. Y en otra ocasión, a fin de impedir que la revista austriaca del corazón Seitenblicke informara sobre su vida privada el empresario tiró de chequera y compró la publicación.

Mateschitz sí concedió entrevistas a lo largo de su vida, pero estas pivotaban única y exclusivamente en torno a su empresa y la Fórmula 1. Apenas hablaba sobre sí mismo, por lo que mucho de lo que se sabe sobre él está empañado por la neblina de la murmuración pura y dura. No está claro si realmente trabajaba solamente tres o cuatro días a la semana, como aseguraba. O si, por el contrario, era habitual encontrarlo en los cuarteles generales de su compañía durante los fines de semana, tal y como asevera la biografía Die Red Bull Story. Y puede que realmente ingiriera entre cinco y doce latas diarias de Red Bull (o puede que todo sea un rumor que, a base de ser repetido una y otra vez, haya acabado trocándose en leyenda).

Dietrich Mateschitz era extraordinariamente reservado sobre su vida privada, pero quería que su marca fuera invariablemente la «comidilla»

Lo que está claro es que Mateschitz fue un hombre que supo llevar su compañía a lo más alto. En ocasiones invertía una tercera parte de la facturación de Red Bull en marketing y publicidad. Ninguna campaña de relaciones públicas le parecía excesivamente osada al propietario de Red Bull. Cuando en 2012 Mateschitz envió al al espacio atleta extremo Felix Baumgartner para protagonizar su ya legendario salto estratosférico, su marca coqueteó alegremente con la muerte (y aun así se arriesgó). Tres años antes dos saltadores BASE habían fallecido en acciones en las que estaba involucrada la compañía de Mateschitz.

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El dueño de Red Bull era un triunfador. Eternamente bronceado, cabello blanco, barba de varios días y chaqueta de cuero. Mateschitz surfeada, practicaba el levantamiento de pesas, coleccionaba coches deportivos y aviones y acostumbraba a desplazarse en helicóptero a las reuniones de negocios. La sede de su empresa en la pequeña localidad austriaca de Fuschl am See parecía sacada de una película de James Bond. El complejo de oficinas de Red Bull toma la forma de dos volcanes de cuyas entrañas brota una manada de colosales toros de bronce. La modestia no era en modo alguno una cualidad que adornase a Mateschitz.

A ojos de algunos Red Bull era en muchos sentidos una secta y Mateschitz era su gurú. Red Bull era Dietrich Mateschitz y viceversa. Lo más curioso es que la bebida energética que le hizo rico ni siquiera fue invención suya. Cuando era director de marketing del fabricante de dentífricos Blendax (por aquel entonces filial de Unilever), Mateschitz descubrió el brebaje que le procuraría tan inconmensurable éxito en un viaje a Asia en 1982.

En ese viaje Mateschitz tuvo ocasión de probar la bebida tailandesa «Kratin Daeng» (Red Bull en inglés), un producto de la empresa familiar Yoovidhya. El empresario austriaco se hizo entonces con la receta de «Kratin Daeng» (cafeína, taurina y azúcar) y también con los derechos para la distribución de la bebida fuera de Asia. Aún hoy la familia Yoovidhya es propietaria del 51% de Red Bull.

Red Bull no fue invención de Dietrich Mateschitz, pero este supo llevar la marca a la estratosfera del marketing

Mateschitz adaptó la receta de Red Bull al paladar occidental, envasó el brebaje en latas y se sacó de la chistera anuncios en los que su producto se ufanaba de dar alas a quien se lo metía entre pecho y espalda. Al parecer tan icónicos anuncios fueron obra de un amigo de Mateschitz que trabajaba como publicista. Durante un año y medio este habría sugerido aproximadamente 50 eslóganes a Mateschitz hasta que uno de ellos por fin le convenció.

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Red Bull terminó convirtiéndose en sinónimo de bebidas energéticas, Mateschitz se hizo multimillonario y dio alas a un emporio que no se cansó jamás de expandir. El fundador de Red Bull era propietario de alrededor de 30 palacios, castillos y posadas históricas. Y tenía además varios equipos de hockey sobre hielo, fútbol y Fórmula 1. Muy cercano al exfutbolista Franz Beckenbauer y al expiloto de automovilismo Gerhard Berger, Mateschitz consideraba a Sebastian Vettel como a su propio hijo.

La relación de Mateschitz con el deporte echaba anclas en una suerte de economía circular. Los beneficios derivados de Red Bull eran invertidos a manos llenas en deportes de primerísima línea. Y los deportistas involucrados en los equipos participados por Red Bull ejercían de embajadores de la marca.

Curiosamente la arrolladora ambición desplegada por Mateschitz como empresario no era en modo alguno evidente cuando era joven. El dueño de Mateschitz se crió junto a su madre, que era maestra de una escuela primaria en Sant Marein, en la región austriaca de Estiria. A duras logró aprobar el bachillerato, abandonó sus estudios de construcción naval tras cuatro semestres y le llevó diez años acabar la carrera de Administración y Dirección de Empresas.

En los últimos años Mateschitz copó titulares sobre todo y ante todo por sus pronunciamientos de naturaleza política. En una entrevista denunció «la dictadura de lo políticamente correcto». En 2017 levantó los cimientos de la fundación Quo Vadis Veritas para contribuir a ofrecer un retrato más completo de la realidad mediante la web Addendum, pero este proyecto fue cancelado tres años más tarde. Y Servus TV, un canal otrora célebre por sus documentales, filmes y reportajes, acabó convirtiéndose en una suerte de vehículo ideológico de Mateschitz.

La cadena se ha convertido en los últimos años en el particular altavoz de populistas como Roger Köppel y Julian Reichelt. Desde que Mateschitz echara el guante a Servus TV en 2009, la única persona al mando del canal fue siempre él. Y cuando el personal de la cadena inició los preparativos para formar un comité de empresa en 2016, Mateschitz se apresuró a cerrar el canal para reanudar las emisiones al día siguiente tras una conversación con los trabajadores de la compañía.

A pesar del celo con que preservaba su intimidad, Mateschitz cultivó la imagen de empresario cercano y alérgico a las jerarquías y se esforzó por ser contemplado con simpatía por sus subordinados.

El propietario de Red Bull deja huérfano a un fenomenal imperio al frente del cual podría ponerse su hijo Mark Mateschitz, que tiene 29 años y rehúye el foco mediático con aún

mayor ahínco que su progenitor. Si este se convierte efectivamente en su sucesor, lo tendrá extraordinariamente complicado para replicar el legado de su padre.

3 comentarios en «Muere Dietrich Mateschitz, el as del marketing que dio alas (estratosféricas) a Red Bull»

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